Daniel giró el volante con una mano, entrando en el camino de grava que conducía a la cabaña. Estaba muerto de cansancio tras el turno, pero traía una bolsa con cena china y un par de cervezas frías. En su cabeza, el plan era sencillo: sentarse con Elena, ver cualquier película que la hiciera sonreír y, quizás, solo quizás, rozarle la mano un poco más de tiempo que la noche anterior. Quería ir despacio, joder, quería demostrarle que no todos los tíos eran unos animales.Pero en cuanto apagó el motor, el silencio le dio un bofetón. No era el silencio tranquilo de la montaña; era un silencio vacío, de esos que te erizan los pelos del cuello. Entró en la casa y lo primero que le golpeó fue el olor a lejía y a productos de limpieza. Demasiado fuerte. Casi parecía que alguien hubiera intentado borrar un rastro.—¿Elena? —llamó, dejando las bolsas en la mesa.Nadie respondió. Subió las escaleras de dos en dos, con un nudo en el estómago que le impedía respirar. Al entrar en el dormitorio, v
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