El silencio del túnel era sepulcral, roto únicamente por el zumbido del motor diésel del furgón blindado y el pitido intermitente de las máquinas que mantenían a Elena con vida. Marcus apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Por el retrovisor, vio cómo la figura de su hermano, Steve, se hacía pequeña en la entrada del túnel, recortada contra la luz gris del amanecer y rodeada por los faros enemigos.—No mires atrás, Marcus. Conduce —se dijo a sí mismo, con la voz temblando.De repente, una ráfaga de disparos retumbó fuera, el eco multiplicándose por las paredes de hormigón del túnel. Steve había empezado a disparar.En la entrada del túnel, Steve Castellano era la viva imagen de la muerte. Estaba de pie, con las piernas abiertas y el subfusil encajado en el hombro. El primer coche de los Valenti, un SUV negro blindado, se acercaba a toda velocidad con la intención de arrollarlo. Steve no se movió. Esperó a que estuvieran a menos de veinte metros y vació
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