El segundo día en la isla amaneció con un sol que parecía querer derretir el mundo, pero dentro de la suite, el aire acondicionado mantenía una atmósfera de cristal frío. Elena se despertó sola en la cama inmensa. Las sábanas de seda estaban revueltas y el olor de Steve seguía impregnado en la almohada, una mezcla de sándalo, tabaco caro y esa esencia metálica que siempre lo acompañaba. Se quedó mirando el techo de vigas de madera, sintiendo que su cuerpo todavía vibraba por lo que había pasado la noche anterior.Se levantó y caminó descalza hacia el ventanal. Steve estaba en la terraza, de espaldas a ella, apoyado en la barandilla de cristal. Llevaba solo un pantalón de lino blanco y el torso desnudo, dejando a la vista las cicatrices que narraban su vida antes de conocerla: un roce de bala en el hombro, una marca de cuchillo en la costilla. Estaba hablando por teléfono, pero su voz era tan baja que Elena solo escuchaba un murmullo tenso.En cuanto ella deslizó la puerta de cristal,
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