Respiró hondo antes de entrar a la sala de juntas.Enderezó la espalda y levantó el mentón.Su voz sonó firme, técnica, impecable. Cada detalle con precisión, cada concepto, cada línea diseñada con dedicación representaba sus noches sin dormir y el futuro de Lilith.El cliente, su gerente y los directivos escuchaban atentos, intercambiando miradas de aprobación.Cuando terminó, hubo aplausos. El cliente sonrió satisfecho y, sin dudarlo, firmó el proyecto.Marisol sintió un alivio profundo, casi eufórico.Todo había valido la pena: los desvelos, la presión, los sacrificios personales.—Marisol, ven a mi oficina —dijo entonces el señor Ruiz, su jefe.Ella caminó hacia allí con una sonrisa contenida.Se sentía tranquila, confiada. Pensó que tal vez recibiría buenas noticias: un reconocimiento formal, un ascenso, quizá incluso un aumento. Se lo había ganado.Al entrar, el hombre la recibió con una sonrisa que no logró tranquilizarla del todo.Había algo en su mirada que la hizo tensarse s
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