¡Era el señor Black!
El mismo que antes la salvó.
No podía dejarlo ahí.
No lo pensó.
—Dios mío… —susurró—. Debo salvarlo o puede morir.
Corrió hacia el auto y tiró de la puerta con todas sus fuerzas. No se movía. El hombre apenas consiente, también luchaba por salir. El olor a gasolina era cada vez más fuerte.
Marisol miró alrededor, encontró una piedra y regresó corriendo.
El hombre se apartó, mientras ella actuaba.
Marisol golpeó el vidrio una y otra vez hasta romperlo.
Sus manos ardían, per