El suave murmullo de la exclusiva avenida contrastaba con el torbellino de emociones en el pecho de Alisson. Caminar del brazo de Mariola Fitzwilliam era una experiencia surrealista. La matriarca irradiaba una elegancia natural, pero a diferencia del frío acero de Massimiliano, en Mariola había una calidez genuina que Alisson, sin darse cuenta, anhelaba desesperadamente.Después de recorrer un par de boutiques de diseñador, Mariola la guió hacia la terraza de un café privado, reservado solo para la élite de la ciudad. Pidieron té y unos pequeños macarons. Alisson miraba su taza de porcelana, sintiéndose aún como una intrusa en ese mundo de oro y cristal.Mariola le dio un sorbo a su té, observándola con sus astutos y amables ojos. —Estás muy callada, querida —comentó la mujer con voz suave—. Sé que todo esto es abrumador. Massimiliano puede ser... intenso. Pero dime, ¿cómo estás tú? ¿Cómo está tu familia en medio de todo este desastre? Tu madre, por ejemplo... ¿dónde está ella ahora?
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