La mañana en las oficinas de la corporación Santoro transcurrió como de costumbre. Pero, Lorenzo se hundió en su sillón de piel, sintiendo un peso opresivo en el pecho que no cedía. La arritmia de la noche anterior había dejado un rastro de agotamiento físico, pero era el tormento mental lo que lo estaba matando.
—¿Qué se supone que debo hacer con esta mujer? —susurró para sí mismo, mirando el techo de su despacho—. Debo ponerla en su lugar.
Resopló, cerrando los ojos con fuerza. Sabía que Bren