El silencio en el penthouse era profundo, demasiado, casi asfixiante, solo interrumpido por viento que, incluso lejos, estaba golpeando los ventanales. Alisson estaba sumergida en la inmensidad de la cama de Massimiliano; ya no era su habitación, sino la de él, el único lugar donde se sentía mínimamente protegida del mundo exterior. Estaba en posición fetal, envuelta en un pijama de seda que se sentía demasiado ligero para el frío que emanaba de su propio pecho. Sus manos, pequeñas y temblorosas, se aferraban a su vientre como si intentara proteger a sus hijos de los gritos y los flashes que aún resonaban en su cabeza.Massimiliano estaba de pie en el umbral de la puerta, con la camisa del esmoquin desabrochada y las mangas arremangadas, observándola lleno de impotencia. Sentía que su propio corazón dentro de su pecho se apretaba cada vez que la veía de esa manera, se sentía destrozado. —Deberías comer un poco, Alisson —aconsejó claramente prepcupado, su voz era tan cálida y ligera
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