El sol. Ese maldito sol de la mañana entró por el ventanal de la suite como si quisiera taladrarme los ojos. Sentí un martilleo en las sienes, como si un grupo de mineros estuviera buscando oro dentro de mi cabeza. Intenté moverme, pero las sábanas de seda se sentían como cadenas pesadas. Tenía la boca seca, con un sabor amargo a vino barato y arrepentimiento.—Ay, mi cabeza... —gemí, cerrando los ojos con fuerza.En ese momento, estiré la mano y sentí algo que no era una almohada. Era algo sólido, cálido y que respiraba. El pánico me recorrió el cuerpo más rápido que el alcohol de anoche. Abrí un ojo, luego el otro, y lo vi. Leon estaba ahí, acostado de lado, mirándome con una sonrisa de medio lado que no me gustó ni un poquito. Estaba despeinado, con la barba de un día marcándosele y, lo peor de todo, estaba sin camisa.Me senté de golpe en la cama, ignorando el mareo que casi me hace devolver el estómago. Me miré debajo de las cobijas y solté un grito ahogado. Estaba en ropa interi
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