REBECALa habitación del hospital estaba en una calma tensa, yo tenía a Rogelio pegado a mi pecho y Héctor no se había movido de la silla junto a mi cama. Tenía las ojeras hasta el cuello, pero no dejaba de mirar al bebé como si fuera un milagro. De repente, la puerta se abrió de par en par, Rogelio y Sarita entraron casi corriendo, seguidos de cerca por la madre de Héctor.—¡Mija! ¡Ya nos dejó pasar el enfermero! —gritó Rogelio, acercándose a la cama con los ojos rojos de tanto llorar—. ¡Déjame ver a ese campeón!—Papá, baja la voz, vas a asustar al niño —le pedí, señalando el bulto azul en mis brazos.Mi padre se detuvo en seco a medio metro de la cama. Sus ojos pasaron de mi rostro al bebé y se quedó mudo. Sarita se acercó por el otro lado, sollozando de alegría y apretando un pañuelo entre sus manos.—¡Ay, Dios mío! ¡Míralo, Rogelio! Es igualito a ti cuando naciste Rebe —exclamó mi madre, estirando las manos—. Préstamelo, Rebe, déjame cargarlo un ratito, que afuera casi me da un p
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