REBECA—¡Rogelio, que no puedes llevar esa hielera en el avión! —gritó mi madre, lanzando un par de calcetines dentro de la maleta abierta sobre la cama.—¡Es carne seca de la buena, Sarita! ¡En Alemania puro bocado de pajarito comen y el Vikingo se me va a desnutrir! —respondió mi padre desde el pasillo, forzando una maleta que parecía a punto de explotar.Héctor entró en la habitación cargando a Rogelio Jr, que iba muy entretenido jalándole el cabello, mi novio de alquiler —ahora prometido oficial— miró el caos de maletas con una mezcla de horror y fascinación alemana.—Rogelio, te prometo que en Berlín hay comida, no necesitas contrabandear carne seca —dijo Héctor, tratando de mantener la compostura mientras el bebé le metía un dedo en la nariz.—Tú cállate, Stein, que ya bastante favor te hago con ir a ese frío de los mil demonios a entregarte a mi hija —refunfuñó mi padre, aunque le guiñó un ojo—. Además, tu madre dijo que la boda iba a ser de alcurnia, y yo no pienso pasar hambr
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