REBECAEl sonido de la puerta golpeando la pared me paralizó el corazón. Durante meses había imaginado este momento como una pesadilla distante, pero ver a Héctor parado ahí, con el abrigo cubierto de neblina y los ojos rojos, lo hizo brutalmente real. Mi primera reacción fue cubrirme el vientre con ambas manos, un gesto instintivo que solo sirvió para confirmar que él ya estaba devorandome con la mirada.—¡Lárgate de aquí, Héctor! —gritó Majo, interponiéndose entre nosotros—. ¡No tienes derecho a entrar así!—¡Ya basta, Majo! —la voz de Héctor sonó como un latigazo. No gritaba, pero el tono gélido que usaba para cerrar contratos hostiles en Berlín llenó cada rincón de la finca—. Rebeca, mírame a la cara y dime que no es cierto.Me costaba trabajo respirar, el aire de la sierra, que antes me daba paz, ahora se sentía escaso. Me obligué a enderezar la espalda, aunque las piernas me temblaban.—Es cierto —respondí con la voz quebrada pero firme—. Tengo cinco meses de embarazo y no es as
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