HEKTORCaminé por el pasillo del piso ejecutivo sin mirar a nadie, mi secretaria intentó interceptarme con una agenda llena de post-its, pero le cerré la puerta de la oficina en la cara. No pasaron ni dos minutos cuando Greta entró sin tocar, azotando una carpeta sobre mi escritorio.—Los de Frankfurt llevan media hora esperándote en la sala de juntas, Héctor. ¿Se puede saber por qué sigues con el abrigo puesto? —me espetó, cruzándose de brazos.—No voy a entrar a esa junta Greta, cancélala —respondí, abriendo el cajón de mi escritorio para sacar mi pasaporte.—¿Estás bromeando? Es el cierre del trimestre, si no te presentas los accionistas van a pensar que el rumor de tu crisis personal es cierto, no puedes ser tan irresponsable.—Diles que me enfermé, diles que me morí, me importa un carajo lo que piensen —me puse de pie y la encaré—. Klaus tiene los números, que lo haga él.—¡Klaus no tiene tu autoridad! —Greta alzó la voz, acercándose a mí—. Estás tirando meses de trabajo a la bas
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