REBECA
Mis dedos golpearon la tecla de Enter con una fuerza que no sabía que tenía. El cursor se quedó parpadeando al final de la última frase. “Y al final, el contrato de alquiler fue lo único que no pudo comprar el corazón del CEO”. Solté el aire que tenía contenido y cerré la tapa de la laptop de un golpe.
—¡Se acabó! —grité hacia el techo.
Mandarino, que estaba dormido en el borde de la cama, dio un salto y me miró con reproche, estirando sus patas delanteras antes de volver a ovillarse. Te