HEKTOR
—¡Quieto pequeño vikingo! ¡No te muevas! —le advertí al bebé, que pataleaba con una fuerza impresionante sobre el cambiador.
Tenía el pañal limpio en una mano y el talco en la otra. Rebeca me observaba desde la cama, divertida, mientras Mandarino vigilaba cada uno de mis movimientos desde lo alto del armario. Estaba a punto de lograr la hazaña de cerrar las cintas cuando, de la nada, un chorro de orina salió disparado con la puntería de un francotirador, dándome justo en el centro de la