REBECA
Apenas eran las ocho de la mañana cuando el timbre del departamento empezó a sonar como si alguien estuviera tratando de derribar la puerta. Mandarino, que estaba dormido sobre mis pies, saltó de la cama con el pelo erizado y se refugió bajo las cobijas.
Héctor abrió la puerta y el estruendo de voces llenó el pasillo. No tuve que adivinar; Los gritos de mi padre eran inconfundibles, me senté en la cama con dificultad, acomodando mi enorme vientre de ocho meses y esperando el impacto.
—¡Q