Mundo ficciónIniciar sesiónEl campo de entrenamiento estaba envuelto en un silencio tenso. Nix observaba desde una tarima elevada, con los brazos cruzados y una expresión de piedra. A sus pies, Blair se enfrentaba a Theron, uno de los betas más brutales de la Luna Negra.
—¿Esto es todo lo que la Luna de Plata tiene para ofrecer? —se burló Theron, haciendo girar un pesado mazo de madera—. Pensé que los Alfas elegían a sus hembras por algo más que su capacidad de llorar.
Blair no respondió. Sus pulmones ardían y la cicatriz de su hombro pulsaba con un dolor sordo. Se lanzó hacia adelante, pero Theron era demasiado rápido. Con un movimiento brusco, el guerrero le puso la zancadilla y, antes de que ella pudiera rodar, cayó sobre ella, inmovilizándola contra el suelo con su peso masivo.
—Suéltame —gruñó Blair, forcejeando inútilmente.
Theron se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, dejando que su aliento caliente rozara la mejilla de Blair.
—Nix dijo que debía enseñarte a someterte. Tal vez debería empezar por enseñarte quién manda aquí ahora que no tienes a tu perrito Carmelo para protegerte.
Blair miró hacia la tarima. Nix no se movió. No intervino. Sus ojos ámbar estaban fijos en ellos, analizando cada movimiento como si Blair fuera un experimento y no una mujer bajo su protección.
—¡Nix! —gritó un guerrero desde la multitud—. ¡Parece que Theron se está divirtiendo demasiado!
—Dejadlo —respondió Nix con voz gélida—. Si ella no puede quitarse a un beta de encima, ¿cómo espera sobrevivir a un Alfa?
En ese preciso instante, un relámpago de dolor atravesó el pecho de Blair. No era un golpe físico. Era algo mucho más profundo, algo que le desgarraba el alma. A kilómetros de allí, Carmelo estaba sintiendo algo, o quizás rompiendo otra parte de su promesa. El vínculo, ese hilo invisible que aún la ataba a su verdugo, se retorció como un cable de alta tensión quemándose.
—¡Ahg! —Blair soltó un grito desgarrador, apretando los dientes hasta que sus encías sangraron.
Theron se detuvo, confundido por la reacción.
—¿Qué te pasa? Ni siquiera te he apretado tanto.
—El vínculo... —susurró Blair, con la vista nublándose—. Me está matando...
—Levántate, Blair —la voz de Nix cortó el aire desde la tarima—. No uses tus debilidades como excusa. ¡Levántate!
—No puedo... —Blair se retorció en el suelo, ignorando a Theron, llevándose las manos al corazón—. ¡Duele! ¡Para esto, Carmelo!
Los guerreros de la Luna Negra se acercaron, formando un círculo. Las burlas se convirtieron en murmullos de curiosidad y rechazo. Ver a una loba sufrir por un vínculo roto era un espectáculo patético para ellos.
—Mírenla —dijo una loba joven con desprecio—. Sigue llorando por el hombre que la tiró a la calle. No tiene dignidad.
—Es una vergüenza para nuestra especie —añadió otro—. Debería dejar que el vínculo la mate de una vez y nos ahorre el trabajo de entrenarla.
Nix bajó de la tarima con pasos lentos y pesados. El círculo de guerreros se abrió de inmediato para darle paso. Se detuvo frente a Blair, que seguía en el suelo, temblando violentamente mientras su loba Koda aullaba de agonía en su mente.
—Mírame —ordenó Nix, agachándose frente a ella.
Blair abrió los ojos, pero solo veía sombras. El dolor del vínculo estaba drenando cada gota de su energía vital.
—Él... él está con ella... —logró decir Blair, con la voz rota—. Puedo sentirlo... Sasha...
Nix la tomó por los hombros y la sacudió con fuerza.
—¡Deja de sentirlo! —le espetó él—. ¡Corta el hilo tú misma! Si sigues dejando que él controle tus nervios, nunca serás nada más que su sombra.
—No... no es tan fácil... —Blair sintió que el aire abandonaba sus pulmones por completo.
—Si no lo cortas, morirás aquí mismo, en el barro, rodeada de gente que te odia —Nix se acercó a su oído, su voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que Carmelo gane?
Blair intentó responder, pero el dolor alcanzó su punto máximo. Fue como si un hierro ardiente le atravesara el esternón. Soltó un último jadeo ahogado y su cuerpo se desplomó, quedando inerte sobre la tierra fría.
Nix la observó un segundo. Su rostro, que antes era una máscara de hielo, se crispó por un instante. Se volvió hacia sus hombres, que seguían observando con morbo.
—¡Volved al trabajo! —rugió con una ferocidad que hizo que varios retrocedieran—. Theron, si vuelves a ponerle una mano encima sin mi orden, te arrancaré el brazo.
Nix cargó a Blair en brazos. Ella estaba pálida, casi gris, y su pulso era errático. El vínculo estaba intentando arrastrarla al abismo junto con la lealtad que una vez juró.
—No te vas a morir así, Blair —susurró Nix mientras caminaba a zancadas hacia la mansión—. Todavía me debes una corona.







