Capítulo 3

 

El sol se ocultaba tras las montañas de la Luna Negra, tiñendo el campo de entrenamiento de un rojo sangriento. Blair jadeaba, con el sudor empapando su ropa y el cabello castaño pegado a su frente. Sus músculos gritaban, pero se obligó a lanzarse una vez más contra Nix.

Él ni siquiera se inmutó. Con un movimiento fluido, Nix atrapó su muñeca, la giró y la proyectó contra el suelo de tierra. El impacto le sacó el aire de los pulmones.

—Se acabó —sentenció Nix, guardando su daga—. Has perdido, Blair.

Un grupo de guerreros que observaban desde la valla soltaron carcajadas secas. Las lobas de la Luna Negra la miraban con un desprecio que ya conocía, pero este dolía más porque no era lástima; era juicio.

—¿Esta es la gran Luna de Colmillo de Plata? —se mofó una guerrera de hombros anchos—. Parece una humana asustada.

—No tiene rastro de su loba —añadió otro, escupiendo al suelo—. Es un peso muerto para el Alfa.

Blair apretó los puños, sintiendo cómo las lágrimas de rabia picaban en sus ojos. Intentó levantarse, pero sus piernas temblaron. Nix se acercó a ella, pero no para ayudarla, sino para hablarle desde arriba, con la voz resonando para que todos la oyeran.

—En esta manada, el respeto no se regala por una cara bonita o un apellido —dijo Nix, frío como el hielo—. Si quieres que dejen de mirarte como basura, tendrás que demostrar que vales más que el barro que pisas. De lo contrario, serás tratada como lo que eres ahora: una refugiada sin casta.

Blair lo miró con furia, pero guardó silencio. Sabía que tenía razón.

—A comer —ordenó Nix a su gente—. Blair, a mi habitación. Ya sabes cuál es el precio de tu derrota.

El comedor de la manada fue un suplicio. Blair comió en silencio, sintiendo los ojos de todos clavados en su nuca, escuchando los susurros sobre su "esterilidad" y su caída. Carmelo la había roto, pero Nix la estaba desollando viva para ver qué había debajo.

Al terminar, subió a la habitación de Nix. El corazón le latía con fuerza. Encontró a Nix saliendo de la ducha, con una toalla negra anudada a la cintura y gotas de agua resbalando por su espalda ancha. El vapor llenaba la estancia, cargado con su aroma a sándalo.

—Báñate —le ordenó él sin mirarla—. Hueles a derrota y a tierra.

Blair obedeció mecánicamente. El agua caliente golpeó sus músculos doloridos, pero no pudo borrar la sensación de la mano de Nix en su cuello horas antes. Cuando salió, envuelta en una bata de seda negra que él le había dejado, Nix ya estaba en la cama, apoyado contra el cabezal.

Ella caminó hacia el lecho, sintiendo el frío de la noche entrar por la ventana abierta. Se deslizó bajo las pieles, manteniendo una distancia prudente.

—Acércate —dijo Nix. No era una sugerencia; era un mando de Alfa.

Blair se arrastró por el colchón hasta quedar a centímetros de él. Nix se giró de costado, apoyando la cabeza en su mano, observándola con una intensidad que la hacía sentir desnuda.

—¿Recuerdas cuando teníamos dieciséis años? —preguntó Nix de repente.

Blair parpadeó, sorprendida por el cambio de tono.

—Casi no hablábamos. Mi padre decía que eras un peligro.

—Tú eras más fuerte entonces —Nix estiró una mano y comenzó a enrollar un mechón de su cabello ondulado en su dedo—. Tenías fuego en los ojos. Recuerdo que me retaste en la frontera y casi me rompes la nariz.

—Era una niña orgullosa —susurró ella, sintiendo cómo el aliento de Nix rozaba su piel.

—Eras una loba de verdad —corrigió él. Se acercó más, invadiendo su espacio hasta que sus pechos casi se tocaban—. ¿Dónde quedó esa chica, Blair? ¿Carmelo la mató o solo la escondiste muy profundo?

La respiración de Blair se agitó. La cercanía de Nix era abrumadora; podía oler el jabón, el cuero y ese rastro salvaje que solo él poseía. Nix se inclinó, buscando sus labios. Blair cerró los ojos, esperando el beso que sellara su nueva realidad, pero él se desvió en el último segundo.

Nix hundió el rostro en la curva de su cuello, aspirando profundamente. Sus labios rozaron su piel con una suavidad eléctrica, pero no la besó. Sus manos, grandes y callosas, bajaron hasta su cintura y la rodearon con una fuerza posesiva, pegándola violentamente contra su cuerpo.

—Todavía hueles a él —gruñó Nix contra su cuello, con una voz cargada de una posesividad oscura—. Hueles a Colmillo de Plata. Hueles a Carmelo.

Blair soltó un jadeo, agarrándose a los hombros de Nix para no caerse, a pesar de estar acostada.

—Nix... —susurró ella, con la voz temblorosa.

—Voy a borrar cada rastro de él de tu piel, Blair —dijo él, apretando más el abrazo, casi dejándola sin aliento—. Pero no será fácil. Mañana, el entrenamiento será el doble de duro.

Nix no dijo nada más. Se quedó así, abrazándola con una fuerza que prometía protección y castigo a la vez. Blair se quedó despierta mucho tiempo, sintiendo el latido del corazón del enemigo contra el suyo, preguntándose si estaba siendo rescatada o simplemente cambiando de jaula.

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