Nix avanzaba por la linde de la Tierra de Nadie, con la ropa sucia de barro y los ojos inyectados en sangre. El vacío en su pecho, donde antes vibraba el hilo de Blair, era ahora una herida supurante. Se detuvo frente al río Negro, el mismo que ella había cruzado, y golpeó un árbol con tanta fuerza que la corteza voló en astillas.—No me mires así —gruñó Nix en su mente.—¿Cómo quieres que te mire? —la voz de Fenris, su lobo, resonó con un sarcasmo salvaje y profundo—. Eres un desastre, Nix. La perdimos hace años cuando éramos cachorros y no pudimos protegerla de Carmelo. Y ahora que el destino nos la puso en bandeja de plata, vas tú y la azotas. ¡Bravo, genio! ¡Premio al Alfa del año!—¡Tenía que salvarle la vida! —rugió Nix en voz alta, asustando a un par de cuervos—. Si no la castigaba yo, los ancianos la habrían ejecutado. ¡Era disciplina o muerte!—¡Era amor o miedo, y elegiste que ella te tuviera miedo! —Fenris soltó un aullido mental que hizo que a Nix le dolieran los colmillos
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