Mundo ficciónIniciar sesiónBlair respiraba con una dificultad espantosa, cada bocanada de aire parecía un cristal roto raspando su garganta. Sus ojos, aunque abiertos, no veían la lujosa habitación de Nix. Veían un barranco, el sonido de piedras cayendo y el silencio absoluto que siguió a la muerte de su cachorro.
—Blair, mírame —ordenó Nix, apretando sus hombros—. Quédate conmigo.
—Déjame... —susurró ella, y una lágrima solitaria rodó por su sien—. Él me está esperando. Mi hijo está solo... tengo que ir con él.
Nix sintió un golpe de furia en el pecho. No era odio hacia ella, sino hacia la rendición que veía en sus ojos. La sacudió con una brusquedad que la obligó a enfocar la vista.
—Tu hijo no querría ver a su madre morir como una cobarde en la cama de un extraño —le espetó Nix, con la voz vibrando de rabia.
—¡Tú no sabes lo que él querría! —Blair gritó de repente, encontrando una chispa de fuerza en su dolor—. ¡Tú no perdiste nada! Estás aquí, en tu trono, jugando a ser el salvador, pero yo no pedí que me salvaras. ¡Quiero irme con él!
—¡Pues no vas a ir a ninguna parte! —Nix se puso de pie, gritando de vuelta—. Te saqué de ese bosque, te quité a los solitarios de encima y he gastado mi propia energía para purgar el veneno de tu sangre. ¡No voy a dejar que desperdicies mi esfuerzo porque tienes ganas de rendirte!
—¡Eres un egoísta! —Blair se incorporó a medias, temblando, señalándolo con un dedo acusador—. No me salvaste por mí. Lo hiciste por esa estúpida deuda, por el orgullo de tu padre. ¡Me usas como un trofeo de guerra contra Carmelo!
—¡Me importa una m****a Carmelo ahora mismo! —Nix se acercó a la cama de un salto, acorralándola contra las almohadas—. Se trata de ti. De la loba que vi hace años. Esa mujer no se moriría por un Alfa que la envenenó. Esa mujer querría ver el mundo arder antes de arrodillarse.
—¡Esa mujer murió con su hijo! —sollozó Blair, golpeando el pecho de Nix con debilidad—. Ya no queda nada. Solo hay frío... mucho frío.
—Entonces yo te daré calor —Nix la tomó de las muñecas, inmovilizándola sobre el colchón. Su cuerpo pesado se situó sobre el de ella, atrapándola—. Escúchame bien, Blair Wolf. Mientras estés bajo mi techo, tu vida me pertenece. No tienes permiso para morir. No tienes permiso para rendirte.
—Te odio... —susurró ella, aunque su respiración empezaba a mezclarse con la de él en un ritmo frenético—. Te odio más que a Carmelo.
—Bien. Usa ese odio —Nix bajó la voz, volviéndola peligrosa y ronca—. Deja que el odio te mantenga viva. Odiame todo lo que quieras, pero mantén tus ojos abiertos.
Nix se inclinó más, sus rostros estaban tan cerca que Blair podía sentir el calor abrasador que emanaba de su piel. Sus miradas se cruzaron en una batalla de voluntades; el dolor de ella chocando contra la determinación implacable de él.
—Suéltame, Nix... —pidió ella, aunque sus manos ya no luchaban, sino que se aferraban a los antebrazos de él.
—No —respondió él, fijando sus ojos en los labios de ella—. Se hace lo que yo diga en esta manada. Y ahora mismo, quiero que sientas que estás viva.
Nix bajó la cabeza lentamente. Blair sintió el roce de su nariz contra la suya, el aliento de él quemando su boca. Estaba a un milímetro de besarla, un beso que no sería de amor, sino de reclamo, de guerra y de una pasión que ambos habían intentado ignorar.
Blair cerró los ojos, entreabriendo los labios, esperando el impacto que borraría, aunque fuera por un segundo, el fantasma de su pasado.







