Si esperaba un almacén lúgubre o un sótano lleno de matones, me equivoqué por completo. El Mercedes negro se detuvo frente a uno de los rascacielos más modernos e imponentes del distrito financiero.Marcos, impecable y silencioso como siempre, nos abrió la puerta. Al entrar en el vestíbulo de cristal y acero, me di cuenta de la verdadera magnitud del imperio de Alejandro. Decenas de empleados con trajes caros caminaban de un lado a otro. Todos, absolutamente todos, bajaban la mirada o se apartaban al vernos pasar.Él no me soltó la mano en ningún momento. Su agarre era posesivo, marcando territorio. Subimos en un ascensor de cristal hasta la última planta.La oficina de Alejandro era inmensa, con ventanales que ofrecían una vista vertiginosa, muy similar a la de su ático. Había una mesa de caoba masiva, monitores mostrando gráficos financieros legítimos y, en la pared del fondo, una caja fuerte disimulada.—Siéntate —me indicó, señalando un sillón de cuero blanco frente a su escritori
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