El silencio que siguió a la confesión de Diego en la habitación de Mateo era más pesado que el plomo. Lucía sentía que las paredes de la mansión, antes su refugio, ahora se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa de acero.—¿Diseño? —repitió Lucía, su voz era un susurro que cortaba como una cuchilla—. ¿Me estás diciendo que mi vida entera ha sido un guion escrito por un grupo de viejos en una mesa redonda? ¿Que mi padre me lanzó a tus brazos como quien lanza carne a un lobo?Diego intentó dar un paso hacia ella, con la mano extendida, pero Lucía retrocedió hasta chocar con el ventanal. El sol de Marbella, antes cálido, ahora le parecía una luz de interrogatorio.—No fue así, Lucía. Cuando te conocí, yo no sabía nada de la Hermandad. Solo sabía que quería poseerte. Solo sabía que eras la única mujer que no bajaba la mirada ante mí.—¡Porque no sabía quién eras realmente! —gritó ella, y el eco de su voz retumbó en el pasillo vacío—. Me enamoré de un hombre, Diego. No de un
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