El viento del Estrecho golpeaba las paredes del viejo faro, pero el frío que sentía Lucía no venía del mar. A través de la mira telescópica, el rostro de su padre, Arturo Vega, se veía nítido y a la vez irreal. Sus ojos, antes llenos de la calidez de los recuerdos de infancia, ahora eran dos abismos de obsidiana, vacíos de cualquier rastro de alma.—¿Es él, Lucía? —la voz de Diego fue un susurro tenso a su lado, mientras él preparaba su propio fusil—. ¿Es Arturo?—Es su cuerpo, Diego —respondió Lucía, con el dedo apoyado en el gatillo, sintiendo el latir de su corazón en la punta del dedo—. Pero el hombre que me contaba cuentos antes de dormir murió hace mucho tiempo.Abajo, en la base del faro, el ritual cobraba fuerza. Vicente Valdivia levantó el cáliz de plata, y el reflejo de la luz del faro hizo que el metal brillara con un fulgor siniestro. Los hombres de las túnicas blancas —los altos rangos de la Hermandad— empezaron un cántico en un latín rítmico que parecía hacer vibrar las
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