El ambiente en la habitación de Mateo era asfixiante. Las dos Lucías se observaban como depredadores de una misma especie; el único rasgo que las distinguía era la imperfección: la Lucía original tenía una pequeña cicatriz en el puente de la nariz, recuerdo de un disparo de rozón en México, mientras que la copia, Lucía II, tenía una piel inmaculada, translúcida bajo la luz de neón de la habitación.—Es fascinante —murmuró el Diego impostor, asomándose al marco de la puerta. Sus ojos recorrieron a la Lucía real como quien inspecciona una pieza de museo que ha perdido su valor—. La original es emocional, errática, propensa a la compasión. La copia es la lógica destilada. ¿Por qué elegirías vivir en el caos, Lucía, cuando puedes simplemente dejarte reemplazar y descansar en el olvido?—Porque el olvido no tiene memoria —respondió Lucía, manteniendo a Mateo detrás de ella mientras sostenía su cuchilla quirúrgica como única defensa—. Y tú, cosa de laboratorio, no tienes la más mínima idea
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