Después de escuchar las palabras de Máximo, Ilein sintió cómo la tensión se acumulaba en su pecho; no quedaba otra opción que aceptar. Con paso firme pero tenso, siguió a Máximo hasta su coche, abriéndose la puerta del pasajero sin esperar que él lo hiciera. Al encender el motor, el silencio dentro del vehículo fue pesado, cargado de recuerdos de las noches que habían compartido: sus manos recorriéndole la piel, su voz ronca susurrándole órdenes en el oído, el calor de su cuerpo contra el de ella. Máximo mantuvo la vista fija en la carretera, pero su presencia era abrumadora. “No intentes ocultarlo”, dijo de repente, con un tono rasposo que hizo temblar un poco a Ilein. “Cada vez que me rechazas, veo cómo tu cuerpo responde de otra manera. Tus mejillas se tiñen de rojo, tu respiración se agita… pides atención sin decir una palabra.” Ilein se ajustó en su asiento, cruzándose de brazos. “Eres demasiado presuntuoso. Solo estoy cumpliendo con lo que me has impuesto, nada más.” Pero en su
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