La puerta de la mansión Gravenhorst se cerró con un eco que resonó en el enorme vestíbulo como un disparo.Ana caminó hacia el auto con paso firme, empujando el carrito doble donde los mellizos dormían plácidamente, ajenos al terremoto emocional que acababan de dejar atrás. Nicolás caminaba a su lado, con la mandíbula tensa, listo para protegerla de cualquier cosa.—¡Ana! —la voz de Cristóbal resonó detrás de ellas, desgarrada, rota—. ¡Ana, espera! ¡Por favor, no te vayas!Ella no se detuvo. Siguió caminando.—¡Ana! ¡Te lo ruego! ¡No te vayas así!Cristóbal salió corriendo por la puerta principal, con los ojos enrojecidos, el traje desaliñado, el cabello desordenado. Isabel corría detrás de él, intentando detenerlo. Roberto lo seguía, confundido.—¡Cristóbal, cálmate! —gritó su madre—. ¡Déjala ir!—¡No puedo! —gritó él, sin dejar de correr—. ¡Ana, espera! ¡Por favor!Ana llegó al auto. Nicolás abrió la puerta trasera para colocar el carrito. Ella no miró atrás.—¡Ana! —Cristóbal estab
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