Ana regresó a la sala con un vestido seco y el cabello recogido en un moño desordenado. La humedad del agua aún le recordaba, en cada pliegue de la ropa, lo que acababa de pasar. Pero su rostro estaba sereno. No iba a darle el gusto de mostrar debilidad.
—¿Ves? —dijo la señora Valenzuela, sonriendo con alivio—. No pasó nada. Ana no se enojó.
—Claro que no —respondió Ana, sentándose en su lugar y mirando a Sofía con una calma que no sentía—. Fue un accidente. Estas cosas pasan.
Sofía le devolvió