La villa estaba en silencio. Los mellizos dormían en sus cunas, ajenos a la tormenta que se gestaba en la sala. La luna se colaba por los ventanales, pintando de plata los muebles, las paredes, los rostros de los dos adultos que se miraban sin saber qué decir.Ana había respondido el mensaje de Nicolás, asegurándole que estaba bien, que los niños estaban bien, que al día siguiente regresaría. Pero ahora, con el teléfono en la mano y el silencio instalado entre ellos, no sabía qué hacer.—Debería irme a dormir —dijo, levantándose del sofá.—Ana, espera.Ella se detuvo, sin girarse.—¿Qué?—¿Podemos hablar?—Cristóbal, ya hablamos todo lo que teníamos que hablar.—No. No hemos hablado nada. Tú has puesto condiciones, y yo las he aceptado. Pero hay algo que no te he dicho.Ana se giró lentamente. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un instante, el tiempo se detuvo.—Dime —susurró.—No aguanto estar sin mis hijos —dijo él, con la voz quebrada—. Cada día que no los veo se me hace
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