El salón de la mansión Gravenhorst aún vibraba con la emoción del anuncio.Los invitados aplaudían, la orquesta tocaba, las copas de champán brillaban bajo las arañas de cristal. El abuelo Gravenhorst sonreía desde su trono, con los ojos húmedos, mirando a los mellizos como si fueran el tesoro más preciado que hubiera visto en su vida.Cristóbal, a unos pasos, miraba a Ana con una mezcla de esperanza y temor. Sus manos, a los costados, temblaban ligeramente. La mandíbula, tensa. El corazón, desbocado.—¡Ana, ven acércate! —exclamó el abuelo, extendiendo los brazos con una ternura que nunca había mostrado.Ana sintió que todas las miradas se clavaban en ella. Cientos de ojos, los más poderosos del país, esperaban. Ella caminó lentamente hacia el trono. Pero no era una luz de gratitud. Era otra cosa.Cuando llegó frente al anciano, él le tomó las manos con una suavidad que contrastaba con la dureza que siempre había mostrado.—Damas y caballeros —anunció, girándose hacia los invitados—
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