La mañana llegó con una luz suave que se coló por las cortinas de la habitación de Ana.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche, haciéndola despertar con un sobresalto. Había dormido apenas un par de horas, intercaladas entre los llantos de los mellizos y sus propias pesadillas. El cuerpo le pesaba, los ojos le ardían, y la cabeza le daba vueltas.
Tomó el teléfono con mano temblorosa. Era un mensaje de la señora Isabel.
"Ya estoy en camino, querida. En media hora llego. No te preocupes por n