Los meses pasaron lentos, pesados, implacables.Muchos días desde aquella noche en las cabañas, desde que Cristóbal la había visto por última vez, desde que la había tenido entre sus brazos, desde que la había vuelto a perder.El vientre de Ana había crecido hasta convertirse en una curva enorme y orgullosa. Ocho meses de embarazo. El bebé se movía constantemente, como si también estuviera ansioso por conocer el mundo. Los médicos decían que todo iba bien, que era un niño fuerte y sano, que en pocas semanas más estaría listo para nacer.Ana era feliz. O al menos eso intentaba.Vivía en el apartamento de Nicolás, rodeada de su familia adoptiva. La señora Valenzuela la mimaba como a una hija, preparándole comidas especiales, acompañándola a los controles, hablándole al bebé por las noches. El señor Valenzuela, aunque reservado, le había cogido un cariño profundo y no dudaba en sentarse a su lado a leerle el periódico en voz alta. Nicolás... Nicolás era su roca. Su hermano. Su mejor amig
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