La pelea había terminado, pero el eco de los golpes aún resonaba en el aire.Nicolás subió lentamente las escaleras, sintiendo cada músculo del cuerpo protestar. Tenía el labio partido, un ojo amoratado y varias costillas que seguro amanecerían moradas al día siguiente. Pero el dolor físico no era nada comparado con lo que llevaba dentro.Cuando entró al apartamento, encontró a Ana en el sofá, abrazada por su madre, llorando en silencio. El señor Valenzuela estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle por donde Cristóbal se había ido. Sofía había desaparecido en su habitación, aunque su puerta estaba entreabierta, como si estuviera escuchando.—¿Estás bien? —preguntó Nicolás, acercándose al sofá.Ana levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados, devastados.—No —susurró—. No estoy bien.La señora Valenzuela miró a su hijo y comprendió.—Voy a preparar algo de comer —dijo, levantándose—. Necesitas alimentarte, Ana.—No tengo hambre.—Lo sé. Pero por el bebé, tienes q
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