La noche había caído por completo sobre las cabañas.
Ana estaba acostada en la cama, abrazada a la almohada que aún conservaba un tenue olor de Cristóbal. Las lágrimas habían cesado hacía rato, pero el dolor seguía ahí, instalado en el pecho como una piedra imposible de mover.
Estúpida, pensaba una y otra vez. Estúpida por creerle. Estúpida por dejar que te tocara. Estúpida por pensar que esta vez sería diferente.
El bebé se movió dentro de ella, como si también sintiera su tristeza. Ana apoyó