El silencio en la cabaña era absoluto.
Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos, el latir desbocado de sus corazones, y a lo lejos, el suave rumor del lago bajo la luz de la luna que comenzaba a colarse por la ventana.
Cristóbal la sostenía aún entre sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo, el temblor que la recorría. Había esperado este momento durante semanas. Había imaginado este reencuentro mil veces en su cabeza. Pero ahora que estaba aquí, ahora que la tenía entre sus brazos,