La mañana había comenzado tranquila en el apartamento de Nicolás.
Ana estaba en su habitación, recostada en la cama, con su enorme vientre apoyado en almohadas y un libro entre las manos. El bebé se movía inquieto, dándole pequeñas pataditas que la hacían sonreír a pesar de las molestias propias de los últimos meses.
—Ya falta poco, pequeño —susurró, acariciándose la barriga—. Muy poco. Pronto te tendré en mis brazos.
En la sala, Sofía se había ofrecido a cuidarla mientras todos salían. La seño