El taxi avanzaba por las calles de la ciudad mientras la familia Valenzuela observaba con curiosidad cada edificio, cada semáforo, cada persona apresurada en las aceras. Para ellos, acostumbrados a la tranquilidad del campo, la ciudad era un universo nuevo y fascinante.Ana iba en el asiento delantero, junto al conductor, mientras que Nicolás, sus padres y Sofía ocupaban los asientos traseros. La señora Valenzuela no había soltado el brazo de Ana en todo el trayecto, como si temiera que pudiera desaparecer.—Mira, mira —dijo de repente, señalando un edificio enorme—. ¿Qué es eso?—Es un centro comercial, mamá —respondió Nicolás con una sonrisa—. Ya te llevaré para que conozcas.—¿Y eso otro?—Un cine. También iremos.Su madre reía como una niña, emocionada por cada nuevo descubrimiento. Sofía, a su lado, observaba en silencio. Su sonrisa se mantenía en su lugar, educada y amable, pero sus ojos... sus ojos miraban a Ana con una intensidad que nadie parecía notar.---El auto se detuvo
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