Era de noche, el edificio de Nicolás estaba envuelto en la calma habitual de los domingos.
Ana estaba en la sala, con su enorme barriga apoyada en cojines, tomando té de manzanilla mientras veía una película. El bebé se movía inquieto, como si también sintiera que algo estaba por cambiar.
La señora Valenzuela estaba en la cocina, preparando el desayuno. El señor Valenzuela leía el periódico en un sillón. Nicolás había salido temprano a comprar pan fresco, y Sofía aún dormía.
Todo era paz.
Hasta