La noche había caído sobre la ciudad, y el apartamento de Nicolás estaba en silencio.
Ana se había retirado a su habitación hacía una hora, agotada por la emoción del día, por el reencuentro, por la calidez inesperada de esa familia que la había acogido como suya. Se había recostado en la cama, con una mano en el vientre, sintiendo los movimientos suaves de su bebé, cuando un golpecito en la puerta la sobresaltó.
—¿Ana? ¿Estás despierta?
La voz de Nicolás. Suave, preocupada.
—Sí, pasa.
La puert