La mañana en la oficina de Valenzuela transcurría con la calma habitual.
Ana estaba sentada en su escritorio, frente al ordenador, con una taza de té de jengibre a un lado y una carpeta de documentos abierta frente a ella. Su vientre había crecido notablemente en las últimas semanas. Ya no era ese pequeño bulto discreto que podía ocultarse con ropa holgada. Ahora era una curva pronunciada y orgullosa, un recordatorio constante de la vida que crecía dentro de ella.
Se acarició la barriga instint