El teléfono de Ana vibró sobre la mesa de noche, sacándola de un sueño inquieto y superficial.
Las primeras luces del amanecer comenzaban a colarse por las cortinas del ático, pintando rayos dorados en el suelo de madera. Había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, reviviendo una y otra vez las palabras de Cristóbal, el dinero tirado al suelo, la forma en que se alejó sin mirar atrás.
Las sábanas aún conservaban el olor de su propio llanto. Los ojos le ardían de tanto haber llorado