La mañana llegó con una claridad implacable.Ana había pasado la noche en vela, mirando el techo, con las dos pruebas de embarazo sobre la mesita de noche como dos testigos silenciosos de lo que estaba por venir. Había rezado, había llorado, había imaginado mil escenarios diferentes.Pero ahora, con el sol entrando por la ventana, no podía seguir postergándolo.Salió de su habitación con pasos lentos, las pruebas en la mano. El apartamento estaba en silencio. Nicolás aún no se había levantado, o quizás estaba esperando, como ella, a que el momento llegara.Fue al baño y cerró la puerta.Los minutos se hicieron eternos.Cuando salió, Nicolás estaba en la sala, sentado en el sofá, con el rostro lleno de preocupación. Se levantó en cuanto la vio.—¿Y bien?Ella no respondió. Solo se acercó lentamente y le mostró la prueba.Dos líneas. Positivo.Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin control.—Estoy embarazada —susurró, con la voz rota—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer, N
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