El auto de Cristóbal avanzaba solo, sin rumbo, mientras él miraba el paisaje sin verlo.
Estúpido. Estúpido. Estúpido.
La palabra resonaba en su cabeza como un martillo implacable. Había visto su silueta alejarse por el espejo retrovisor. La había visto hacerse pequeña, diminuta, hasta desaparecer. Y no había hecho nada.
—¿En qué estabas pensando? —se preguntó en voz alta, golpeando el volante con furia—. ¿En qué maldito momento se te ocurrió decirle eso?
Las imágenes de la noche anterior lo ato