La mañana siguiente amaneció brillante y prometedora.
Los rayos del sol se colaron por las cortinas del ático, pintando el suelo de madera con tonos dorados. Ana se despertó con una energía que no sentía desde hacía semanas. La pulsera que Nicolás le había regalado brillaba en su muñeca, un recordatorio constante de que no estaba sola, de que tenía una familia que la quería incondicionalmente.
Se estiró con cuidado, acariciando su vientre prominente, sintiendo los movimientos suaves y rítmicos