La mansión Gravenhorst bullía de actividad.
Cada rincón era limpiado, pulido, adornado. Los jardineros recortaban los setos con precisión militar, las empleadas domésticas sacaban brillo a los pisos de mármol, y en la cocina, un ejército de chefs preparaba menús que serían degustados por la élite de la sociedad.
Faltaba solo un mes para la gran celebración del cumpleaños del abuelo. Un mes para que el anciano patriarca anunciara oficialmente quién sería el heredero de su fortuna.
Y Cristóbal es