La luz del amanecer se coló por las cortinas de la cabaña, pintando la habitación de tonos dorados y rosados.
Ana abrió los ojos lentamente, sintiendo aún en su piel el calor de la noche anterior. El cuerpo le dolía agradablemente, ese dolor que sigue al amor, a la entrega, a la pasión compartida.
Sonrió y buscó a Cristóbal con la mano.
Pero su lado de la cama estaba vacío. Frío.
Se incorporó de golpe, el corazón acelerado. Sus ojos recorrieron la habitación hasta encontrarlo.
Él estaba de pie