El taxi avanzaba por las calles de la ciudad mientras la familia Valenzuela observaba con curiosidad cada edificio, cada semáforo, cada persona apresurada en las aceras. Para ellos, acostumbrados a la tranquilidad del campo, la ciudad era un universo nuevo y fascinante.
Ana iba en el asiento delantero, junto al conductor, mientras que Nicolás, sus padres y Sofía ocupaban los asientos traseros. La señora Valenzuela no había soltado el brazo de Ana en todo el trayecto, como si temiera que pudiera