Mientras tanto Sofía estaba desorientada, sus pies apenas tocaban el suelo. El uniforme de doctora que aún llevaba puesto estaba manchado con la sangre de Cristóbal, la sangre que ella misma había derramado con sus propias manos. La madera ensangrentada aún yacía en el suelo de la habitación, testigo mudo de su crimen.No miraba atrás.No podía.Si miraba, vería a Cristóbal inconsciente, bañado en su propia sangre. Si miraba, vería a Ana arrodillada a su lado, con las manos presionando la herida, los ojos llenos de lágrimas. Si miraba, vería a Nicolás, su hermano (el hombre al que había amado como tal), mirándola con horror y decepción.Y eso la destruiría más de lo que ya estaba.Sabía que ya era su hora. Lo sentía en los huesos, en la sangre, en el alma. Había vivido en la cuerda floja durante meses, construyendo mentira tras mentira, esperando que algún día la verdad la alcanzara. Y ese día había llegado.El pasillo era oscuro, interminable, lleno de sombras que bailaban con el vie
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