El hospital estaba en silencio a esa hora de la noche. Los pasillos vacíos solo eran iluminados por las luces de emergencia, que creaban sombras alargadas en las paredes blancas. Las enfermeras hablaban en voz baja en la estación central, ajenas al movimiento sigiloso que se gestaba en la habitación 304. El reloj marcaba las dos de la madrugada. Todo parecía en calma. Demasiada calma.
Sofía abrió los ojos lentamente.
Había estado esperando este momento desde que llegó al hospital. Esperando que