Las horas pasaron como cuchillos.
En el auto, estacionado en una calle oscura a varias cuadras de la zona sur, Cristóbal y Nicolás esperaban. El silencio dentro del vehículo era denso, roto solo por el roce de los pulgares de Cristóbal contra la pantalla de su teléfono y el motor que seguía encendido, rugiendo bajo el capó como una fiera ansiosa por moverse.
Nicolás iba en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada, los ojos fijos en el parabrisas empañado por la re