La puerta de la habitación se abrió. Ana caminaba apoyada en Cristóbal, las piernas aún temblorosas, las muñecas ensangrentadas. Nicolás estaba detrás, con el cliente inmovilizado en el suelo, esperando a que la policía llegara. El pasillo estaba oscuro, lleno de sombras que bailaban con el viento que entraba por las ventanas rotas.
Faltaban apenas unos pasos para llegar a la sala principal. Unos pocos metros y estarían afuera. Unos pocos metros y Ana estaría a salvo.
Pero entonces, una sombra