La noche se había instalado por completo en el apartamento, con su manto de sombras y silencios.La señora Valenzuela durmió profundamente, agotada por los días de angustia en el hospital. Su cuerpo pedía descanso, pero su mente seguía despierta, tejiendo sueños que la llevaban a lugares que no quería visitar, a recuerdos que creía haber enterrado, a verdades que aún no se atrevía a enfrentar.En su sueño, ella era joven otra vez. Muy joven. Tenía veintitantos años, el cabello largo y oscuro, la piel tersa, los ojos llenos de esperanza. Vestía un vestido de flores que le llegaba hasta las rodillas, y en sus manos sostenía un globo de color rojo, como los que se venden en las ferias.Estaba en una feria.No era una feria cualquiera. Era la feria de su pueblo natal, la que visitaba cada año cuando era niña, la misma a la que había llevado a Nicolás cuando era pequeño. Había puestos de juegos, carruseles que giraban sin parar, tómbolas con premios de peluches, y el olor a algodón de azúc
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