El sol ya estaba alto cuando Cristóbal y Nicolás llegaron a la zona sur por tercera vez. El calor era sofocante, pegajoso, como una mano sudorosa apretándoles el cuello. Las calles de tierra se extendían a ambos lados, bordeadas por casas de láminas oxidadas y perros flacos que dormían a la sombra de árboles secos. El polvo se levantaba a cada paso, cubriéndoles los zapatos, las pantorrillas, el ruedo de los pantalones.
Cristóbal manejaba en silencio. Nicolás iba en el asiento del copiloto, con